Ahora sus apellidos perduran en letras grandes 

Dentro de unos días termina la exposición «No va a quedar nada de todo esto»: una recopilación de carteles y letreros que cuenta una historia muy íntima de Madrid. Gracias a ella, aunque no tenga ocho apellidos madrileños, he podido conectar con recuerdos locales y, al mismo tiempo, universales.

Las pequeñas historias que se esconden tras los negocios familiares

Mis abuelos tenían una ferretería. La abrió mi abuelo a los 18 años, cuando, recién terminada la guerra, toda su familia emigró a Milán en busca de fortuna y él se quedó solo en el pueblo. Nunca supimos las razones exactas que le llevaron a tomar esa decisión: quizá fue para llevarles la contraria a sus padres o quizás ya le había echado el ojo a mi abuela; nunca nos lo contó. 

El caso es que empezó a vender clavos, tornillos y herramientas en un sótano minúsculo y, literalmente metro a metro, fue ampliando el negocio hasta llegar a tener la ferretería más grande del pueblo —había cuatro en aquella época, en un pueblo de 5.000 habitantes, una locura—. Eran otros tiempos, claro está. 

Le encantaba contar su historia personal de hombre que se había hecho a sí mismo a los clientes, que a veces se quedaban a charlar tardes enteras, acompañados de un café o, más a menudo, de una buena copa de vino. Poco le importaba que los clientes fueran siempre los mismos aficionados y que se supieran la historia de memoria. Como ya se ha dicho: eran otros tiempos y la gente hacía negocios de otra manera. Y, sobre todo, tenía otra relación con lo que ahora llamamos comercio de proximidad. 

«Fuecomo volver a la infancia. A cuando mi abuelo vendía clavos mientras contaba sus historias, a cuando iba a la panadería a recoger el pan que mi madre había encargado, a cuando ir a la tintorería era un placer de papel de seda y olor alimpio…»
— Fuente de la cita

Paseando por el pasado de mi ciudad

¿Será esta la razón por la que, en estos últimos meses, he visitado compulsivamente (cada vez que pasaba cerca del Ayuntamiento no me podía resistir) la exposición «No va a quedar nada de todo esto» de Paco Graco en el CentroCentro de Madrid: fue como volver a la infancia. A cuando mi abuelo vendía clavos acompañados de sus cuentos, a cuando iba a la panadería a recoger el pan que mi madre había encargado, a cuando ir a la tintorería era un placer de papel de seda y olor a limpio…

Creo que todos guardamos recuerdos de esas tiendas y esos comerciantes que ya forman parte de nuestras historias de vida. Yo, personalmente, lloré a mares cuando cerraron la heladería Zambetti: allí tuve mi primera cita con un chico, compartimos un helado de stracciatella y pistacho, me pareció lo más romántico del mundo. Y también me entristeció cuando la carnicería de la esquina echó el cierre: el señor Felice, siempre amable y sonriente, me había enseñado la diferencia entre las distintas medidas cuando le había pedido 2 kilos de jamón (en lugar de los 200 gramos que me había apuntado mi madre). 


De todo esto no va a quedar nada  

«Cuando solo queden franquicias, nadie creerá que en nuestras calles hubo algún día negocios familiares, comercios especializados, almacenes de materiales de construcción y todo tipo de tiendas de primera necesidad».

Como dice Paco Graco «el tejido comercial es también tejido social», y quiero ir un paso más allá rescatando el valor de las historias, pequeñas pero no por ello menos importantes, que conforman ese entramado. Porque esos comercios, ahora en vías de extinción, han sido átomos, moléculas y células de nuestros pueblos y nuestras ciudades. Me ha emocionado pasear entre esos carteles que cuentan historias cotidianas y cercanas a través de letras descoloridas y oxidadas. Me han recordado la sonrisa del carnicero, las copas de vino en la ferretería de mi abuelo, los cotilleos de la panadera…

Nuestra cultura celebra, a través de biografías y monografías, el éxito de los grandes empresarios, de los visionarios y de los creadores de start-ups en Silicon Valley. No hay nada de malo en ello. Lo que me parece injusto es que nadie cuente la historia de todos los hombres y mujeres que han creado negocios a pequeña escala y que han dedicado toda su vida a esos oficios, con dedicación y pasión. Sus historias empresariales y humanas forman parte de la historia de todos nosotros. 

Esta es una de las muchas razones por las que he creado Book-à-Porter, un espacio para que todas estas historias personales encuentren voz y forma. No dejemos que estos recuerdos tan valiosos se oxiden como los carteles rescatados por Paco Graco.

 

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Una oda a la amistad que se convierte en un proyecto de vida

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Se suponía que este artículo se titularía «Aventuras semiserias de una emprendedora desesperada»