Una oda a la amistad que se convierte en un proyecto de vida
¿Cómo surge una idea? No creo que haya una única respuesta a esta pregunta. Algunas ideas surgen de una chispa, otras de la concatenación de diversas causas, otras vienen de muy lejos. En esta entrada cuento la historia de cómo un regalo se convirtió en la semilla de un proyecto empresarial: la creación de libros a medida.
Los protagonistas de esta historia.
Correspondencia H2 2.0
Cuando me mudé a Madrid, mi mejor amiga se mudó a Roma. Hicimos las maletas juntas, compartimos miedos, planes e incertidumbres, y luego cada una siguió su propio camino. Los primeros tiempos en la gran ciudad fueron intensos para las dos y, como eran tiempos en los que los smartphones aún eran un lujo para unos pocos (WhatsApp no existía, ya sé que parece increíble, pero así es), para mantenernos en contacto nos escribimos durante mucho tiempo por correo electrónico.
Las cosas que teníamos que contarnos eran infinitas: los primeros trabajos, los primeros compañeros de piso, los primeros retos de la vida adulta… y por eso, con el tiempo, los correos electrónicos se hicieron más largos, más emotivos y más importantes para seguir a flote. Especialmente durante el primer año, condensamos tanto de esa vida en nuestra correspondencia que algunas anécdotas y frases se han convertido en leyenda. Y es por eso que, en un momento dado, de forma absolutamente natural, surgió la idea de recopilar nuestras cartas en un libro personal y personalizado.
«Asíque empezaré con «el informe» de la velada de anoche. Déjame decirte que esta costumbre de intercambiar correos electrónicos es muy divertida y, entre otras cosas, me ayuda a concentrarme mejor en las cosas. Tú, que eres tan ordenada, deberías guardarlos todos y luego, dentro de diez años, nos veremos para tomar un café en la Piazza Navona, en el Dolce Vita, y comentarlos».
Pensaba que lo sabía todo sobre los libros personalizados, pero…
Una vez aclarado el objetivo, todo parecía ir sobre ruedas. En ese momento acababa de terminar el máster en edición en la Universidad de Alcalá de Henares y me sentía absolutamente invencible: nos habían enseñado a «hacer» libros de la A a la Z, así que sería fácil, ¿no? ¡Ay, qué inocencia!: tras un sinfín de copiar y pegar y de noches enteras aplicando estilos a los párrafos y corrigiendo errores tipográficos dispersos, llegué a la imprenta con un archivo PDF lleno de defectos e inutilizable para imprimir.
Nada ocurre por casualidad
Por suerte, un compañero de máster y buen amigo vino a rescatarme y salvó la situación. Fue entonces cuando empecé a pensar: ¿no sería bonito que alguien pudiera escribir fácilmente sobre sí mismo o sobre las personas que le importan y crear libros a medida para conservarlos como fieles testigos de las etapas de una amistad, un amor, una relación especial? (Sin tener que molestarse ni pedir favores a una editorial para publicar «solo» dos ejemplares de un libro). Porque todos vivimos historias increíbles y momentos que apreciamos, pero, como sabiamente decían los latinos: «scripta manent»; todo lo demás, incluidas las palabras y la memoria, son florituras.
«Mamá, ¿me cuentas un cuento?»
Tardé dos años y tuve que superar mil contratiempos tipográficos más para crear Book-à-Porter, donde ayudo a personas como yo, como nosotros, a escribir las historias de sus personajes favoritos. El famoso libro del que hablo aquí, con el ambicioso título «De capital a capital», fue durante mucho tiempo solo un regalo original, antes de darme cuenta de que era el prototipo de lo que «quería hacer de mayor»: libros a medida.
Por eso, el momento captado en la primera foto es especialmente precioso para mí. Con motivo de su último viaje a Madrid, mi amiga (que prefiere permanecer en el anonimato, aunque accedió amablemente a mi petición de publicar este artículo sobre nosotras) vino con su hija. Ante la típica petición antes de dormir «mamá, ¿puedes contarme un cuento?», nos encontramos contando —en versión edulcorada— nuestras aventuras de aquellos años, más para nuestro disfrute que para el de la pequeña, ¡obviamente! La pobre niña quería escuchar la historia de Frozen, no la de dos ingenuas veinteañeras. Esto no quiere decir que no haya sido un momento mágico para compartir, y me gusta pensar que ese libro personalizado, tan lleno de significado para mí, también puede servir de puente entre generaciones.
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